LOS QUEBRADORES DE SUEÑOS
Hoy, que por circunstancias de la vida estuve sin electricidad, me tomé un momento para dejar estas líneas. Buenos Aires, 28 de mayo de 2026.
En la medida en que nuestras vidas son cortas y tomar conciencia de los resortes del mundo lleva tiempo —si es que alguna vez se logra—, la mayoría vivimos inmersas en los límites de nuestra cotidianidad. ¡Y eso no es nada sencillo en los tiempos que corren! Para quienes nacimos sin el don de la propiedad, la vida es una lucha por conseguir techo, comida, cuidar de nuestra gente y mantener la salud. Y, si sobra tiempo, disfrutarlo con la familia y las amigas, o dedicarlo a algún hobby. Y, si todavía sobra un poco más, pensar sobre el mundo.
Para nuestra desgracia, hay quienes sí disponen de tiempo, y lo ocupan en idear mecanismos para drenar el nuestro, para adueñarse de los frutos de nuestro trabajo y para aplastar nuestro potencial en la medida en que este amenace su estilo de vida parasitario. A estos individuos los llamo: los quebradores de sueños.
La especie más cercana y dañina es el propietario. El propietario asalta tu salario apenas cobrás: ya a principio de mes se queda con la mitad de tu sueldo y te mete presión con la perspectiva de nuevos aumentos, siempre por encima de una inflación ya de por sí desmedida. Esta especie alcanza además su súmmum de egoísmo parásito cuando, ante cualquier deterioro de su propiedad, se desentiende y te obliga, por la mera necesidad de habitar en un entorno apto, a hacerte cargo del mantenimiento de un bien que no es tuyo.
La segunda especie es el político que permite este estado de cosas, que legisla para los propietarios y los adinerados y que, con el apoyo de estos, despliega campañas de confusión sobre una opinión pública que, sin mucho tiempo para reflexionar, termina apoyando al partido que la mete en la olla para cocinarla a fuego lento.
Estos políticos parásito se caracterizan por su voracidad, su falta de competencia en cualquier manifestación del espíritu humano y su absoluta falta de moralidad y conciencia. Son insuperables en su capacidad de mentir o robar sin remordimiento. A veces, incluso, llegan a aliarse con mafias para drenar aún más a la ciudadanía y, en tales casos, acusan de mafioso al grupo ciudadano que ose organizarse contra su imperio de la mentira. En su forma actual, y a partir de cierta escala, se los reconoce por tildar de terroristas o narcos a quienes intentan oponerles resistencia, en un ejemplo sublime del freudiano acto de “proyección”.
Menos contundentes, pero no menos presentes, dentro de este bestiario de quebradores de sueños, destacamos a todas esas empresitas, medios, plataformas y servicios de suscripción que, de una forma u otra, te embaucan para apropiarse de una pequeña porción de tu salario. Pero como son cientos, terminan siendo una plaga de sanguijuelas que dejan desangrado el cuerpo del trabajador que se deja llevar por sus cantos de sirena sobre interesantes servicios.
En cuarto lugar, pero no por eso con menor relevancia, encontramos a los bancos y prestamistas. ¡Cuídense de estos quebradores de sueños, porque son de los peores! Conscientes del desgaste producido por los anteriores, sueñan con ofrecerte créditos que terminan siendo sogas atadas a la garganta, con intereses que pueden perseguirte el resto de tu vida y, en algunos casos, incluso después de la muerte.
Su ingenio más peligroso es la tarjeta de crédito: promesa de dinero rápido ante cualquier adversidad que termina, te lo prometo, siendo la lápida de cualquier sueldo. Antes justificaban su existencia por otorgarte acceso a una vivienda, vía hipoteca; hoy sobreviven drenando sangre de las compras de supermercado a fin de mes.
En quinto lugar, y estas llegan a ser letales, como San Luigi Mangione nos recordó en Estados Unidos, están las aseguradoras de salud. Viven del destrozo que el político parásito realiza sobre la salud pública y, cuando no queda otra forma de no morir de una gripe que pagarles, suben y suben sus prepagas hasta límites insoportables. Cada vez es más frecuente que, ante una operación, obliguen a la trabajadora a recurrir al banquero, teniendo que elegir entre morir por apendicitis o morir por deuda.
Estos quebradores de sueños son un ecosistema: formas de vida diversas y parásitas. Sirvan estos cinco ejemplos como advertencia. Cuídense de ellos, pues allá donde nosotras, por falta de organización, vivimos a lo nuestro, ellos proliferan, aniquilando toda esperanza y convirtiendo los sueños de nuestra vida en una vida de pesadillas.
Tenga un buen día. Y recuerde que: para todo mal existe su remedio.
Un saludo, su amiga, la Tortuga
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